Educación familiar

Educación familiar, estilos parentales de educación

Familia, concepto cambiante que ha ido evolucionando a lo largo de los años. En el contexto actual, encontramos una gran pluralidad de composiciones fa­miliares: familias monoparentales, homoparentales, reconstituidas, extensas, adoptivas, de acogida, etc.

Encontramos además una tendencia a presentarse núcleos cada vez más reducidos e individualizados que deben asumir, así, situaciones de tensión y estrés. Vemos una transformación en los roles hacia una tendencia más igualitaria entre todos sus componentes. La jerarquía que conocíamos ha pasado a niveles más horizontales muchas veces difíciles de gestionar para las figuras responsables y adultas de la dinámica familiar: los padres.

La familia siempre se ha considerado una unidad básica de nuestra sociedad cuyas funciones son indispensables para el desarrollo de los niños. Se trata del contexto donde el niño empieza a descubrir el mundo y a interrelacionarse con el entorno y la sociedad.

A pesar de que está demostrado que en el desarrollo del niño influyen numerosos factores y agentes (amigos, colegio, familiares secundarios, medios de comunicación…) es un hecho que el núcleo familiar constituirá la base sobre la que el niño configurará sus relaciones posteriores fuera de la familia. ¿Esta base es inmutable? No. Pero sí será mucho más complejo influir en su modificación que otros hábitos y modelos educativos adquiridos por una vía diferente (Muñoz, 2005).

Cada uno de nosotros interaccionamos y poseemos una predisposición hacia las funciones parentales siguiendo patrones que ya hemos adquirido en nuestra infancia (Cartiere, Ballonga y Gimeno, 2008). Sin embargo, estos patrones nos deben permitir las siguientes funciones imprescindibles en la educación y desarrollo de nuestros hijos:

  • Asegurar su supervivencia y su crecimiento con un buen nivel de bienestar psicológico.
  • Aportarles la estimulación y el clima afectivo y de apoyo emocional necesarios para desa­rrollarse psicológicamente de forma sana en su entorno físico y social.
  • Prepararles para aprender a afrontar retos y asumir responsabilidades y compromisos.
  • Proporcionar una red de apoyo social para las transacciones vitales de nuestro hijo (primera pareja, búsqueda de empleo, entorno social de amigos…)
  • Tomar decisiones respecto al modelo educativo familiar que se debe establecer, orientando y dirigiendo el comportamiento de los niños, sus actitudes y sus valores de una forma coherente.
  • Desarrollar la resiliencia: capacidad de superar las consecuencias de experiencias difíciles o traumáticas, para seguir desarrollándose adecuadamente (Barudy y Dantagnan, 2010)
  • Diversos estudios afirman que la resiliencia en el niño le proporciona una buena competencia social, inteligencia media o superior, temperamento fácil, locus de control interno, alta autoes­tima, sentido del humor, búsqueda de apoyo de otros positivos, capacidad para solucionar problemas, iniciativa y toma de decisiones, orientación al futuro, entusiasmo y motivación por las cosas.

En los últimos años las investigaciones científicas han demostrado la impor­tancia de que los niños sean criados y educados en un ambiente de acepta­ción, respeto, afectividad y estimulación para un correcto desarrollo físico y mental. Además, los padres deberán ir adaptando sus respuestas a las diferentes necesidades que tengan tanto ellos, como sus hijos en cada etapa del ciclo vital.

Con todo, hoy en día muchos padres se hacen la pregunta clave ¿cómo podemos conseguir promover una educación en valores, actitudes, y comportamientos saludables y responsables en nuestros hijos, que favorezcan el desarrollo sano de los mismos en un contexto adecuado, dadas las condiciones cambiantes de nuestra sociedad?

La adquisición de competencias parentales depende de diversos procesos complejos como son las habilidades innatas genéticamente, procesos de aprendizaje en la trayectoria de vida y experiencias de buen o mal trato percibidas por los futuros padres en su infancia o adolescencia, (Barudy y Dantagnan, 2010).

¿Qué estilo educativo es el más recomendable?

Siguiendo a Darling & Steinberg (1993) los estilos educativos parentales son un conjunto de actitudes hacia los hijos que les son transmitidas y que en su totalidad crean un clima emocional en el cual se expresan las conductas de los padres.

Lo ideal, es seguir un equilibrio donde la parte central de toda conducta se base en el ser afectuoso, respetuoso, tolerante, posibilitando el diálogo que lleve a la construcción, sin dejar de considerar la importancia que tienen los límites en la constitución del individuo y de las relaciones familiares/sociales.

Actualmente, podemos distinguir los siguientes tipos:

AUTORITARIOS

Le dan una excesiva importancia a la obediencia de sus hijos, limitando extremadamente su autonomía. Abusan de un control restrictivo y bajos niveles de comunicación.
La reacción de los hijos es una mínima expresión de afecto hacia su entorno y gran vulnerabilidad a las tensiones.
Los hijos que experimentan este tipo de modelo educativo, suelen tener problemas a nivel emocional mostrándose a veces hostiles o rebeldes, poseyendo baja autoestima y confianza en sí mismos y percibiendo bajo apoyo en su entorno. Además, tenderán a sentirse culpables con frecuencia, siendo muy probable que padezcan depresión en etapas adultas. Por el contrario, suelen ser personas muy orientadas al trabajo o con nociones de obediencia innatas.
En la etapa de la adolescencia, pueden rebelarse hacia esta opresión que sienten por parte de sus progenitores.
En casos extremos en los que este tipo de educación se conjugue con castigos físicos severos, pueden ocasionar al niño problemas de impulsividad y agresión hacia sus iguales. El niño no podrá disfrutar de una correcta adaptación personal o social.

PERMISIVOS

Se encuentran en el extremo opuesto al estilo autoritario, puesto que no se ejerce ningún control y otorgan un exceso de autonomía.
El niño potencia la confianza en sí mismo, presenta poco malestar psicológico, pero puede tener tendencias hacia el descontrol de conductas y malos comportamientos, así como poca capacidad de autoexigencia, por lo que puede ser que no sea perseverante en sus objetivos.

DEMOCRÁTICOS

El estilo democrático, estaría entre el autoritario y el permisivo. Saben emplear niveles óptimos de asertividad y establecer límites, pero aplican la razón y la explicación y comunicación con ellos en vez de la imposición y la fuerza para conseguir sus propósitos.

Destacan por principios de afecto, control y exigencia de madurez, estimulando la expresión de las necesidades de sus hijos, promoviendo la responsabilidad y otorgando autonomía. Trabajan a través de la cooperación y fomentan la adquisición de habilidades sociales. Sin embargo, aunque la parte de negociación y fomento de autonomía es muy importante en efatherkidste modelo, nunca se ha de confundir con la permisividad, puesto que hay un correcto establecimiento de normas y sanciones bien pensadas para conseguir el cumplimiento de las mismas.
Los hijos fruto de este modelo educativo presentan un mejor desarrollo emocional y ajuste conductual. El hecho de percibir más afecto y comunicación hace que se desarrollen de forma equilibrada y autónoma, siendo conscientes y haciéndose responsables de las consecuencias de sus actos.

Se mostrarán estables emocionalmente, con elevada autoestima, un estado anímico alegre y positivo y con elevados niveles de autocontrol.
Su desarrollo moral y social será adecuado y poseerán mayor rendimiento escolar. Esto les hará personas seguras e independientes y tendrán más confianza a la hora de afrontar nuevas situaciones o desenvolverse con su entorno.

INDIFERENTES

Cuando nos encontramos con un ambiente negligente, vemos un trato con falta de afecto, sin una guía o supervisión que les ayude. El modelo educativo que se practica en este caso se basa en la indiferencia, la permisividad, la pasividad, la irritabilidad y la ambigüedad. No se actúa con coherencia, ni control, ni implicación emocional, empleando en ocasiones el castigo físico como medida disciplinaria.

Este tipo de modelo genera efectos de gran adversidad en el desarrollo de los hijos: problemas académicos, emocionales y conductuales. Serán perfiles dependientes fruto de su gran inseguridad, presentando baja tolerancia a la frustración y teniendo problemas en la forma de relacionarse con los otros debido a su inestabilidad emocional. Es muy común que aparezcan en estos niños conductas delictivas o abusivas.

¡Practiquemos la PARENTALIDAD POSITIVA!

Según la Asamblea General de las Naciones Unidas, (1989) la parentalidad positiva hace referencia a aquel comportamiento fruto de los progenitores que velan por el bienestar superior del niño promoviendo la atención, el desarrollo de sus capacidades, el ejercicio de la no violencia, ofreciendo el reconocimiento y la orientación necesaria sin dejar de incluir el establecimiento de los límites que permitan el pleno desarrollo del niño y el adolescente (Rodrigo et al, 2010).

Un padre que practica la parentalidad positiva reconoce los derechos de su hijo como individuo, sin que esto suponga ser excesivamente flexible, pues sabe poner los límites correctos y practicar una asertividad adecuada.

Principios a tener en cuenta en la práctica de una parentalidad positiva:

  1. Vínculos afectivos cálidos: se generan sentimientos positivos y protección en el niño
  1. Entorno estructurado: a través de un entorno organizado y seguro es donde se desarrollan competencias de organización y la implantación de hábitos saludables. Promoviendo la conciencia de normas y valores sociales. El niño percibe seguridad y estabilidad y le es más fácil aceptar los límites impuestos
  1. Estimulación y apoyo: conociendo a nuestros hijos, podremos motivarles y desarrollar sus capacidades. Desarrollar esa inquietud hacia la novedad y el aprendizaje, tanto a nivel educativo como social
  1. Reconocimiento: esto supone comprenderles, empatizar y valorarlos como sujetos con plenos derecho. El tener en cuenta sus puntos de vista, sus preocupaciones, sus preferencias y actividades y mostrarles nuestro valor hacia los mismos provocará en ellos seguridad y confianza.
  1. Capacitación: en la línea del anterior punto, consistiría en mantener una actitud positiva y de motivación hacia las competencias y la posibilidad de logro de nuestros hijos. Debemos ser capaces de tener un tiempo en el que reflexionar con nuestros hijos sobre sus metas, expectativas y valoraciones sobre él mismo desde su punto de vista y otros. Intentaremos potenciar su valor como individuos, haciéndoles ver que son capaces de producir cambios e influir en su entorno.
  1. Educación sin violencia: En la medida de lo posible, evitaremos castigos físicos o psicológicos. Somos un modelo a seguir y ellos reproducirán aquellas conductas vividas. Deberemos ser conscientes de esto en todo momento. Y, entonces, ¿cuál es la forma? Pues bien, consideramos que según numerosos estudios, está comprobado que en una línea de normalidad, lo ideal es actuar a través de elogios ante su buen comportamiento y en el caso de que se produzca un mal comportamiento, imponer una sanción no violenta como por ejemplo “un tiempo de reflexión”, reparar los daños producidos, eliminar incentivos extras que poseían por buen comportamiento… Siempre acompañándose consecuentemente de la explicación de los acontecimientos para que puedan comprender y hacerse responsables de las consecuencias de sus actos. En algunos casos extremos en los que consideremos que la ejecución de los actos se realiza por llamadas de atención, lo ideal sería la extinción de respuesta ante los mismos, es decir, ignorar. Pero se ha de ver con claridad esta segunda alternativa.

Con todo, qué capacidades y competencias como padres deberemos potenciar para implantar una eficiente, eficaz y saludable educación en nuestros hijos que les haga convertirse en personas adultas productivas y funcionales:

  • Capacidad de vínculo
  • Empatía
  •  Adaptabilidad a las características del menor
  •  Capacidad de observación y flexibilidad
  • Actitud positiva
  • Actuar como modelo y ejemplo ético
  • Reconocimiento y capacidad de potenciación de sus competencias y habilidades
  • Autoeficacia parental, (concebida como percibirse a uno mismo como competente para ejercer el rol de padre)
  • Capacidad de supervisión, corrección y apremio de las conductas de nuestros hijos
  • Potenciar un locus de control interno, esto es, hacer ver que tienen influencia sobre los hechos que les ocurren y pueden actuar en consecuencia
  • Habilidades comunicativas y sociales
  • Asertividad
  • Autocontrol
  • Estrategias de enfrentamiento ante situaciones de estrés
  • Planificación
  • Capacidad de respuesta
  • Abogar por una guía socrática que les haga reflexionar y pensar sobre sus formas de actuación, más que una guía unidireccional y estricta. Esto les ayudará en la capacidad de resolución de conflictos y generación de alternativas
  • Resiliencia
  • Capacidad de protección y apoyo

Unos hábitos recomendables a seguir en el día a día como forma de organización para fomentar hábitos saludables en el niño pueden ser:

  • Administración eficiente de la economía doméstica
  • Mantenimiento de la limpieza y el orden de la casa
  • Higiene y control de la salud de los miembros de la familia
  • Preparación regular de comidas saludables
  • Arreglos y mantenimiento de la vivienda

En conclusión, los niños necesitan de los adultos para desarrollar su inteligencia emocional y relacional. A través de estas experiencias y como observadores, adquirirán su nivel de autocontrol (el control de sus emociones, impulsos y deseos).

Los padres deben aportar este ejemplo de personas atentas, facilitadores de normas y límites, pero también creadores de espacios comunicativos y de reflexión sobre sus pensamientos y emociones, ayudándoles y guiándoles en los comportamientos más adecuados y adaptativos para cada caso. Debemos potenciar la integración de la responsabilidad de los actos de nuestros hijos y que aprendan de sus propios errores, facilitándoles herramientas y recursos para repararlos.
Por otro lado, contribuiremos de forma continua en la creación y desarrollo de identidad de los hijos, esto debe siempre producirse a través del aprendizaje de valores como son el respeto, la adaptación y la armonía hacia la sociedad. Cómo actuemos y pensemos será crucial para el autoconcepto de nuestro hijo. Representar a nuestro hijo de una forma negativa puede desembocar en ideas distorsionadas sobre sí mimo y malas adaptaciones personales y sociales.

Finalmente, consideramos que en algunos casos es aconsejable la intervención de especialistas en el área.

LA IMPORTANCIA DE LA INTERVENCIÓN PSICOEDUCATIVA.

A través de una intervención psicoeducativa los padres conseguirán:

  • Potenciar sus habilidades en la detección de las necesidades de sus hijos.
  • Empatizar con sus hijos y aprender a respetar sus tiempos evolutivos.
  • Hacerse consciente del modelo de crianza del que parten, pudiendo reflexionar sobre aquellos roles, límites o pautas educativas no adecuados.
  • Poner en práctica un estilo educativo acorde y adecuado a las necesidades del niño.
  • Conocer procesos que les ayuden a potenciar la autonomía de los menores

 

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